«Chicharito se equivocó al volver a Chivas»: en LUP reparten culpas entre el goleador y el club
El nuevo capítulo en la carrera de Javier «Chicharito» Hernández con el Atlético Dallas, de la USL Championship (segunda división de Estados Unidos), abrió de inmediato un viejo expediente: su gris paso reciente por Chivas. Durante su presentación en el equipo texano, el atacante confesó que en Guadalajara «perdió las ganas de jugar», frase que encendió el debate en la mesa de La Última Palabra, donde se discutió quién fue realmente el responsable del fracaso: el futbolista, la institución o ambos.
Los números respaldan la idea de que el retorno soñado se volvió una decepción. Apenas cuatro goles en 41 partidos con la camiseta rojiblanca dejaron a Chicharito muy lejos de las expectativas generadas con su fichaje. Para una figura de su dimensión, con pasado en clubes de élite europea y con estatus de ídolo de la afición tapatía, el saldo fue pobre y alimentó la sensación de que algo salió mal desde el principio.
Dentro de la mesa de análisis, una parte de los comentaristas señaló primero a la directiva y al entorno del club. Se recordó que, tras aquella falla desde el punto penal en un partido clave, el delantero fue sometido a una ola intensa de críticas y presión mediática. Según esta postura, el manejo institucional del caso fue deficiente y nunca se le ofreció el acompañamiento adecuado a un jugador que llegaba de una larga inactividad y de una lesión seria.
Paul Aguilar insistió en que la responsabilidad no puede reducirse a un solo hombre dentro de la cancha. A su juicio, la estructura completa de la institución falló al no generar las condiciones para que una estrella de la talla de Hernández se sintiera respaldada. Subrayó que existen múltiples maneras de cobijar y gestionar a un futbolista emblemático y que Chivas no encontró la fórmula para protegerlo ni futbolística ni emocionalmente, sobre todo en los momentos de mayor presión.
En la misma línea se expresó Joaquín del Olmo, aunque con matices. Reconoció que desde fuera es imposible conocer todos los detalles del día a día, los entrenamientos, las charlas internas o el estado anímico real del jugador. Recordó que Javier arrastró problemas físicos importantes y que convivir con las lesiones altera por completo el proceso de adaptación. Aun así, cuando tuvo que elegir un responsable principal, se inclinó por el club, al considerar que el entorno institucional nunca logró armonizar todas las piezas.
No obstante, no todos en la mesa se mostraron dispuestos a cargarle todo el peso a Chivas. Una voz crítica apuntó directamente al propio Hernández por su rendimiento. Desde esta perspectiva, un jugador de su trayectoria y experiencia debía haber ofrecido mucho más en la cancha, independientemente del contexto. La llegada de un referente no solo se mide en goles, sino también en liderazgo, influencia en el vestidor y capacidad para absorber la presión.
Carlos Hermosillo fue especialmente contundente al juzgar el movimiento desde su origen. Recordó que Chicharito llegaba de una lesión grave y de casi nueve meses sin competir de manera formal, un antecedente que, a su juicio, hacía evidente el riesgo. Para él, el error fue doble: por un lado, de Chivas, por apostar por un futbolista que no estaba en plenitud; por el otro, del propio Javier, al tomar la decisión de regresar al futbol mexicano en esas condiciones. En palabras del exdelantero, la elección de volver a Guadalajara fue un desacierto «terrible».
Ignacio Hierro añadió otro ángulo al señalar que el «Chícharo» llevaba tiempo lejos del nivel de exigencia que se le pide a un profesional de alto rendimiento. Admitió que Guadalajara lo acogió, lo arropó y le ofreció una oportunidad importante en la parte final de su carrera; sin embargo, sostuvo que tanto el jugador como la institución descuidaron detalles fundamentales para que la relación funcionara. Retomó la idea de que «las segundas partes nunca fueron buenas», sugiriendo que el peso de la nostalgia nubló el análisis frío de la situación deportiva.
El caso Hernández-Chivas ilustra también un fenómeno frecuente en el futbol mexicano: el deseo de repatriar figuras con pasado brillante sin evaluar con rigor su presente. La ilusión de ver a un ídolo de vuelta en casa suele imponerse sobre los informes médicos, los datos de rendimiento y la planeación a mediano plazo. En el caso de Chicharito, la carga emocional fue enorme: se trataba del máximo goleador histórico de la selección mexicana regresando al club donde inició todo, un relato perfecto que, en la cancha, nunca se materializó.
Otro aspecto que poco se mencionó al principio, pero que cobra relevancia con el tiempo, es la gestión psicológica del regreso. Un futbolista que ha pasado por lesiones largas no solo debe recuperar el tono físico, sino también la confianza y el deseo competitivo. Cuando el propio Javier reconoce que en Chivas perdió las ganas de jugar, se abre una ventana a un problema más profundo: la relación entre el entorno, la presión y su estado mental. En esas circunstancias, el acompañamiento profesional, tanto del cuerpo técnico como del área de psicología y la directiva, se vuelve crucial.
Tampoco se puede ignorar el factor tiempo. La expectativa de que, casi de inmediato, Hernández volviera a ser el goleador determinante que fue en sus mejores años quizás fue irreal. La paciencia, en un club de la magnitud mediática de Chivas, suele ser escasa. Un par de partidos flojos, una lesión, una falla en un momento clave y la narrativa cambia por completo. El proceso de readaptación, que en otros contextos podría haber sido gradual, en Guadalajara se vivió como una urgencia constante.
La afición jugó también un rol ambivalente. Por un lado, muchos seguidores lo recibieron como un héroe y mantuvieron un apoyo incondicional pese a los resultados discretos. Por otro, el sector más exigente no dudó en exigirle a la altura de su nombre y su pasado europeo. Cuando la figura no responde al nivel esperado, las críticas suelen ser más feroces que con cualquier otro jugador. Esa dualidad entre cariño y exigencia extrema puede minar la confianza de quien está tratando de recuperar su mejor versión.
El desenlace, con Chicharito saliendo por la puerta de atrás y recalando en el Atlético Dallas, deja la sensación de que ambas partes perdieron. Chivas no obtuvo el impacto deportivo que buscaba con el fichaje estelar, ni logró consolidar un proyecto alrededor de su regreso. El jugador, por su parte, se marchó con una percepción de fracaso y con el reconocimiento de que el paso por Guadalajara apagó, al menos durante un tiempo, su pasión por competir.
De cara al futuro, este episodio sirve como lección para clubes y futbolistas. Para las instituciones, subraya la importancia de estudiar a fondo el estado físico, mental y competitivo de las figuras que desean repatriar, más allá del impacto mediático que puedan generar. Para los jugadores, recuerda que las decisiones de carrera no deben apoyarse solo en la emoción del «volver a casa», sino en una evaluación honesta de su momento profesional y de lo que pueden ofrecer realmente en la cancha.
En el caso particular de Javier Hernández, su nueva etapa en la USL será también una prueba personal: demostrar si todavía tiene algo que aportar como goleador y si puede reencontrarse con las ganas de jugar que dice haber perdido en Guadalajara. Para muchos analistas, si logra recuperar su alegría y su olfato goleador en Estados Unidos, quedará claro que en Chivas no se dieron las condiciones idóneas; si no lo consigue, crecerá la idea de que, más allá del entorno, él mismo dejó de estar a la altura del reto.
Al final, el debate en La Última Palabra resume la complejidad del caso: hubo errores de planificación, de gestión y de ejecución. Chivas se equivocó en la forma de apostar y de arropar; Chicharito, en la elección del momento y en la respuesta dentro del campo. No hay un solo culpable, sino una suma de decisiones fallidas que convirtieron lo que debía ser un cuento de regreso triunfal en una historia de desencanto compartido.
