Cruz azul sin estadio propio pero con títulos: proyecto sólido o simple fortuna

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‘Cruz Azul quizá siga sin estadio propio, pero le sobran títulos’. Con esa frase, Raoul «Pollo» Ortiz encendió el debate en la mesa de La Última Palabra al analizar el presente de la Máquina y, en particular, el trabajo de Joel Huiqui al frente del equipo. La discusión giró en torno a una pregunta clave: ¿lo que está viviendo Cruz Azul es producto de un proyecto sólido o de una racha de buena fortuna?

En el programa se recordó que, más allá de las bromas recurrentes sobre la falta de estadio, la institución ha firmado en los últimos años una serie de logros que no encajan con la idea de «club sin rumbo». Campeón de Liga, monarca de Concacaf, ganador del Campeón de Campeones y, además, dos veces acreedor al millón de dólares por ser el conjunto que más puntos suma en la temporada. Para Ortiz, esos datos no son casualidad ni algo que pueda explicarse con «suerte».

El narrador fue contundente al contrastar el caso celeste con el de otros clubes que presumen «proyectos modelo» sin traducirlos en campeonatos: Cruz Azul, subrayó, ha sido eficaz, aun sin la infraestructura que muchos consideran indispensable. De ahí su sentencia: puede que la Máquina no estrene estadio, pero su vitrina reciente demuestra que sí ha sabido levantar trofeos.

Eduardo de la Torre se sumó a la idea de que detrás del momento que vive el equipo hay un plan institucional, aunque reconoció que Joel Huiqui no era, originalmente, la carta fuerte para dirigir al primer equipo. La directiva, explicó, dudó en un inicio, pero terminó dándole la oportunidad a un hombre que conocía la casa desde las divisiones inferiores. Ese giro en la estrategia, para él, es precisamente una muestra de cómo un proyecto puede adaptarse sin perder su esencia.

De la Torre describió el proceso como una planeación complicada, llena de matices y correcciones sobre la marcha. Huiqui venía de un paso discreto por la categoría Sub-21, sin grandes resultados, pero acumulando conocimiento interno de la cantera, de las características de los jóvenes y de la cultura del club. En ese contexto, otorgarle el interinato fue una decisión arriesgada, pero no improvisada: detrás había un camino previo construido dentro de la misma institución.

Quien introdujo el matiz de la «suerte» fue Fabián Estay. Para el exfutbolista, el hecho de que Huiqui se quedara al frente del equipo sí tuvo un componente fortuito: la salida de Nicolás Larcamón no estaba en los planes iniciales, y la llegada de Joel al banquillo principal no formaba parte del diseño original de la directiva. Sin embargo, Estay puntualizó que la fortuna, por sí sola, no sostiene resultados en el tiempo; hay que trabajarla, sostenerla y convertirla en rendimiento.

Estay recordó que Huiqui tomó al primer equipo sin que su experiencia previa en la Sub-21 fuera especialmente brillante, algo que en otro contexto podría haber jugado en su contra. Sin embargo, el interinato fue la puerta para mostrar capacidad de gestión de grupo, lectura de partidos y conexión con el vestidor. A partir de ahí, el «golpe de suerte» se transformó en continuidad deportiva, una continuidad que solo es posible cuando el técnico responde a las exigencias.

Desde otra óptica, Carlos Hermosillo puso el foco en un punto clave: el entrenador no es, por sí mismo, el «proyecto», sino una pieza más dentro de un engranaje mayor. Para el exdelantero, el andamiaje institucional de Cruz Azul ya estaba delineado antes de que Huiqui tomara el mando, y el mérito del técnico radica en aprovechar una base construida durante años, con decisiones acertadas en la conformación del plantel y en la estructura deportiva.

Hermosillo dio crédito explícito a figuras de la dirigencia como Víctor Velázquez, a quien identifica como uno de los responsables de que Cruz Azul saliera de la inestabilidad crónica que arrastró durante buena parte de su historia reciente. En cambio, fue muy crítico con el papel de Iván Alonso, a quien le negó protagonismo en el éxito actual. De acuerdo con su visión, Alonso no puede atribuirse la autoría de un modelo deportivo que ya venía en marcha.

El exgoleador recalcó que la clave ha sido capitalizar «lo que ya se estaba construyendo»: una plantilla equilibrada, refuerzos escogidos con mayor precisión y una estructura que permite a un técnico que conoce el club, como Huiqui, potenciar virtudes en lugar de improvisar. En otras palabras, el proyecto no nace con el entrenador, pero sí puede alcanzar su madurez con la persona adecuada en el banquillo.

Más allá de las posturas encontradas, el debate dejó al descubierto que la palabra «suerte» se queda corta para explicar el fenómeno celeste. Los títulos, la regularidad en la suma de puntos y la competitividad en varios torneos indican que hay una organización que aprendió de sus errores históricos: fichajes fallidos, cambios constantes de entrenador y decisiones directivas contradictorias. Hoy, con más estabilidad, la Máquina luce distinta.

En este punto emerge una reflexión interesante: en el fútbol moderno, el concepto de «proyecto» abarca mucho más que el nombre del técnico o la contratación de una figura puntual. Implica una metodología en fuerzas básicas, una idea de juego que se respeta más allá de un mal torneo, una política de fichajes alineada con esa idea y una dirigencia dispuesta a sostener procesos. Cruz Azul, con Huiqui como rostro visible, parece haber encontrado al fin ese equilibrio.

La trayectoria de Joel dentro del club también ayuda a entender por qué su llegada al primer equipo ha tenido impacto. No es un técnico que llegue desde fuera a imponer su propio manual sin conocer el entorno; es alguien que transitó por las categorías menores, entendió las necesidades de la cantera y se integró a una cultura que, poco a poco, había dejado atrás etiquetas como «equipo sufridor» o «rey del subcampeonato». Su ascenso, aunque tenga ingredientes fortuitos, se asienta en ese conocimiento interno.

El contraste con otros proyectos del fútbol mexicano es inevitable. Hay instituciones que invierten fuertes sumas en técnicos de renombre y planteles estelares, pero carecen de coherencia en la toma de decisiones. En esos casos, es fácil atribuir un título aislado a la buena fortuna o a una racha de un año; lo difícil es sostener un nivel competitivo a lo largo de varias temporadas, como ha hecho Cruz Azul. Esa continuidad es el argumento más sólido para quienes sostienen que lo de Huiqui y la Máquina no es obra del azar.

Mientras se discutía el caso celeste, surgió otro tema candente: el futuro de Javier «Chicharito» Hernández. Carlos Hermosillo se mostró escéptico respecto a la necesidad de que el delantero continúe alargando su carrera profesional a toda costa, recordando el amargo desenlace de su último paso por Chivas, de donde se fue en medio de silbidos y desaprobación de la afición.

Para Hermosillo, aunque Hernández tiene todo el derecho de seguir jugando donde lo desee, hay un punto en el que la exposición constante a la crítica y al juicio público deja de aportar algo positivo a su legado. El exdelantero cuestionó si tiene sentido que el atacante busque otra aventura en Estados Unidos sabiendo que podría verse sometido a un escenario similar al vivido en Guadalajara, con exigencias muy altas y poca paciencia.

El caso de Chicharito abre una ventana a una discusión más amplia: cuándo y cómo un futbolista debe decidir el final de su carrera. No todos pueden despedirse en la cima, pero muchos intentan prolongar su trayectoria con la esperanza de una última gran temporada. En ese proceso, la línea entre el orgullo profesional y la exposición innecesaria se vuelve cada vez más delgada, especialmente para jugadores con una historia tan mediática como la de Hernández.

Regresando a Cruz Azul, lo que sucede con Huiqui también puede leerse como un mensaje para el fútbol mexicano en general: no siempre el camino pasa por apostar por técnicos extranjeros de prestigio inmediato. En ocasiones, la respuesta está en casa, en entrenadores que se han formado dentro del club, conocen a fondo su estructura y pueden potenciar a los jugadores con una comprensión más profunda del contexto.

La discusión sobre «proyecto o suerte» en torno a la Máquina termina revelando que ambos elementos pueden convivir. La salida inesperada de un entrenador, la oportunidad que se abre de un día para otro, un resultado que cambia el rumbo de una decisión: todo eso puede calificarse como azar. Pero si detrás hay una institución sólida, una planificación clara y figuras capaces de tomar decisiones firmes, esa chispa de fortuna se transforma en un proceso ganador.

Hoy, mientras el tema del nuevo estadio sigue siendo una asignatura pendiente, Cruz Azul ha encontrado en los títulos y en la regularidad su mejor carta de presentación. Y aunque algunos quieran reducir el éxito de Joel Huiqui a un golpe de suerte, los resultados, el funcionamiento del equipo y la coherencia del proyecto sugieren otra cosa: la Máquina, con o sin casa propia, se ha convertido en un modelo de cómo la estabilidad y el trabajo silencioso pueden rendir frutos en un fútbol marcado por la prisa y la ansiedad por el resultado inmediato.