«Lo que mal empieza, mal acaba»: en LUP aseguran que Guido Pizarro le falló a Tigres
En la mesa de debate de La Última Palabra, la salida de Guido Pizarro de Tigres volvió a encender las críticas. Carlos Hermosillo fue uno de los más duros al analizar la renuncia del argentino, recordando que apenas hacía un año había dejado los botines para asumir el cargo de director técnico tras la destitución de Veljko Paunovic. Para el exdelantero, el desenlace era casi inevitable: «lo que mal empieza, mal acaba».
Hermosillo cuestionó de frente la decisión de Pizarro de pasar de jugador a entrenador del mismo vestidor que compartía, ocupando el lugar de un técnico al que todavía tenía como jefe unos meses antes. Desde su perspectiva, el argentino traicionó no solo a Paunovic, sino también a sus excompañeros y a la propia afición de Tigres, que había depositado su confianza en él.
El comentario más contundente del analista fue directo y sin matices: «Guido le falló a su extécnico, a sus excompañeros y a su afición. ¿Cómo puedes hablar de respeto cuando tú no respetaste al técnico que tenías y decidiste ponerte de entrenador? Hay que tener valores y respeto; todo tiene su momento». Para Hermosillo, el problema no fue solo el resultado deportivo, sino el origen mismo de la decisión.
El proceso que terminó en este conflicto comenzó cuando Tigres decidió dar por terminado el ciclo de Veljko Paunovic, quien había llegado al banquillo regio en junio de 2024 y se mantuvo hasta marzo de 2025. Tras oficializar la salida del estratega serbio, la directiva sorprendió al anunciar que su reemplazo sería justamente Guido Pizarro, hasta entonces jugador del plantel y una de las figuras históricas del club.
Esa transición, que en su momento se vendió como una apuesta por la «identidad tigre» y el liderazgo interno, hoy es vista por varios analistas como el origen de una serie de decisiones mal manejadas. Para Hermosillo, aceptar ese cargo en ese contexto fue romper un código no escrito dentro del vestidor: el de no ocupar el lugar del técnico con el que todavía compartías proyecto y del que, además, eras capitán y referente.
En ese sentido, la crítica no se limita a lo moral o a los valores. También toca el aspecto deportivo. Darle el banquillo a un exjugador sin experiencia como primer entrenador en un club de la exigencia de Tigres implicaba un riesgo alto. A ojos de muchos, la apuesta no tenía las bases suficientes para sostenerse en el tiempo, y el hecho de que Pizarro terminara dimitiendo alimenta la idea de que se trató de una decisión improvisada.
La polémica se intensificó cuando el propio Guido Pizarro, tras su renuncia, intentó aclarar que su salida no se debía únicamente a los malos resultados. Aun así, las palabras del argentino no lograron frenar las críticas. En La Última Palabra insistieron en que, más allá de las razones personales o internas, el mensaje hacia la afición quedó empañado: la sensación es que el proyecto se quebró desde el origen y que el técnico nunca tuvo un respaldo sólido.
Por otro lado, la discusión no se centró solamente en Pizarro. Arturo Villanueva apuntó directamente a la dirigencia de Tigres, a la que responsabilizó por la forma en que se han gestionado los últimos capítulos de las grandes figuras del club. Para él, ni la salida de Guido Pizarro ni la de André-Pierre Gignac han sido manejadas con la transparencia y el cuidado que merecen jugadores de ese calibre.
Villanueva fue claro al señalar que el silencio de los dirigentes solo alimenta la incertidumbre y el descontento: «Tigres se está equivocando en la forma en que está dejando ir a las figuras que le dieron mucho. No aparece ni un directivo para decir qué está pasando en Tigres». Esa ausencia de voces oficiales, en un momento de cambios profundos, abre la puerta a interpretaciones, especulaciones y críticas hacia la institución.
En un club como Tigres, que en la última década se acostumbró a pelear títulos y a tener planteles estelares, la forma en que se cierran las etapas es tan importante como los logros conseguidos. Cuando jugadores emblemáticos como Pizarro o Gignac salen por la puerta de atrás, sin una narrativa cuidada ni una explicación clara, se genera la percepción de que el proyecto está perdiendo rumbo y sensibilidad hacia sus propias leyendas.
La frase de Hermosillo, «lo que mal empieza, mal acaba», resume la sensación general en parte de la opinión pública: un experimento arriesgado, nacido en medio de una crisis de resultados, terminó con una renuncia que agranda la herida. Desde esa mirada, la responsabilidad no recae solo en Guido, sino también en quienes tomaron la decisión de colocarlo al frente del equipo sin construirle un entorno adecuado.
Hay otro ángulo que vale la pena considerar: el del vestidor. Cuando un jugador pasa de compartir cancha a dirigir a sus excompañeros casi de un día para otro, las jerarquías se alteran de manera brusca. No todos los futbolistas aceptan bien ese cambio, y el nuevo técnico necesita autoridad, distancia y tiempo para construir una relación distinta. En Tigres, ese proceso se dio a toda prisa, en medio de la presión por resultados, lo que dificultó que Pizarro pudiera consolidarse.
Además, el caso expone un debate recurrente en el futbol mexicano: ¿hasta qué punto es conveniente nombrar técnicos sin experiencia de alto nivel solo por su identificación con el club? La figura del ídolo convertido en entrenador seduce a la afición y a la dirigencia, pero no siempre viene acompañada de un proyecto deportivo sólido, un cuerpo técnico robusto y un plan a mediano plazo. Cuando las cosas salen mal, se quema a un referente histórico y se daña la relación con la hinchada.
En lo anímico, la renuncia de Pizarro también golpea a la afición tigre. Muchos lo veían como uno de los grandes símbolos de la época dorada del club y esperaban que su paso por el banquillo fuera el inicio de una nueva etapa con sello propio. En cambio, el desenlace alimenta la narrativa de desorden institucional y de decisiones tomadas sobre la marcha, sin una visión clara de futuro.
La directiva, señalada por Villanueva, tiene ahora un doble desafío: reconstruir el equipo en lo deportivo y recomponer la comunicación con la afición. Explicar qué pasó con Pizarro, por qué se eligió ese camino y qué se hará de ahora en adelante es clave para recuperar credibilidad. El silencio prolongado solo incrementa la sensación de improvisación y distancia entre dirigentes y seguidores.
En términos de imagen, Tigres corre el riesgo de pasar, en poco tiempo, de ser un ejemplo de proyecto exitoso y ambicioso a convertirse en un club que no sabe gestionar el final de ciclo de sus ídolos. Las salidas de figuras como Gignac y Pizarro debieron ser momentos para fortalecer el vínculo con la hinchada, agradecer públicamente su legado y presentar con claridad el siguiente paso del proyecto. En lugar de eso, han quedado envueltas en dudas y críticas.
Finalmente, el caso Guido Pizarro deja varias lecciones para el futbol mexicano: la importancia de respetar los tiempos y roles dentro de un club, la necesidad de planear con cuidado la transición de jugador a técnico y la obligación de los dirigentes de dar la cara en los momentos clave. Cuando esos elementos fallan, el desenlace suele ser el mismo que describió Hermosillo: un proyecto que nació en la confusión y terminó, inevitablemente, de la misma manera.