«Quiten a Javier Aguirre y pongan a Gabriel Milito». La frase, lanzada en plena mesa de debate de La Última Palabra, resume el clima de inquietud que rodea hoy al entorno de la Selección Mexicana rumbo al Mundial de 2026. Con el reloj corriendo y la Copa del Mundo en casa cada vez más cerca, en el programa se volvió a encender la alarma: no solo por el presente del Tricolor, sino por la ausencia de una nueva generación de técnicos mexicanos capaces de tomar el relevo.
Aunque los primeros dos partidos del año terminaron en victoria para el Tri, el panel de analistas se mostró lejos del optimismo. A unos días del amistoso ante Islandia en Querétaro, la conversación giró en torno a una pregunta incómoda: ¿cómo puede ser que, después de más de dos décadas, la principal apuesta siga siendo Javier Aguirre, el mismo entrenador que ya dirigió en Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010?
Arturo «Calaco» Villanueva, con años de experiencia en la estructura del futbol nacional, fue directo al señalar que el problema va mucho más allá de un solo nombre. Para él, la gran crisis está en la incapacidad del futbol mexicano para producir entrenadores competitivos y sólidos a largo plazo. Recordó que en la Liga MX, temporada tras temporada, apenas un puñado de técnicos nacionales tiene la oportunidad de dirigir, mientras la mayoría de los proyectos se construyen alrededor de estrategas extranjeros.
«Me preocupa que el futbol mexicano no sea capaz de formar nuevos entrenadores. Tener que recurrir al mismo técnico en tres procesos mundialistas alternos es una señal de alarma. En la Liga MX dirigen dos o tres mexicanos al año», subrayó Villanueva, apuntando a una estructura donde el desarrollo de estrategas locales no parece prioridad.
Sobre esa misma línea, Gustavo Mendoza fue todavía más radical. Fiel a su postura crítica desde el nombramiento del «Vasco», lanzó la idea de un giro dramático en el banquillo: «Mejor que quiten a Javier Aguirre y que pongan a Milito. Yo lo habría corrido desde hace dos años; incluso hoy cambiaría de técnico, pero es un sueño guajiro». Para él, seguir apostando por la vieja guardia es hipotecar el futuro del Tri, cuando alternativas como Gabriel Milito representan una forma distinta de entender el juego.
En medio de ese fuego cruzado apareció la voz de Fabián Estay, quien salió en defensa de Aguirre y recordó el contexto en que tomó la Selección en sus anteriores procesos mundialistas. Según el exfutbolista, en 2002 y 2010 el entrenador llegó como «bombero», a rescatar un proyecto en crisis, y aun así consiguió armar equipos competitivos. Su argumento central: más que un problema de entrenador, lo que falla es la calidad y el tipo de jugador que México está produciendo.
«En 2002 fue bombero, en 2010 igual. ¿Tenía mejor plantel? Si me dicen que sí, entonces qué esperan en este Mundial. No sólo es Aguirre, es la materia prima», insistió Estay, usando el concepto de «materia prima» para referirse a la base de futbolistas disponibles, su formación y su competitividad internacional.
La postura de Estay generó una respuesta inmediata de Gustavo Mendoza, harto -según sus palabras- de escuchar que «todo tiempo pasado fue mejor». Para él, es injusto y exagerado menospreciar a la actual generación de seleccionados, cuando varios de ellos han demostrado estar a la altura, o incluso por encima, de los nombres que integraban las plantillas de 2002 y 2010.
«Estoy hasta la madre de que digan que en otras generaciones todo era mejor. ¿Siempre se trata de bajonear a la Selección Mexicana actual?», cuestionó. Y para respaldar sus dichos, puso sobre la mesa ejemplos concretos: Johan Vásquez, consolidado como capitán en la Serie A; Raúl Jiménez, a quien calificó como un futbolista extraordinario; y talentos emergentes como Gilberto Mora, símbolo de que sigue habiendo calidad en el futbolista mexicano actual.
Más allá de la discusión puntual sobre si el plantel de hace 20 años era superior o no, el fondo del debate se trasladó al verdadero talón de Aquiles: la formación. Villanueva fue categórico al afirmar que México ha perdido la batalla en el terreno donde se construye el futuro, el de las fuerzas básicas y la detección de talento, especialmente si se compara con lo que se está haciendo en Estados Unidos.
El exdirectivo compartió su experiencia reciente al visitar proyectos de formación en el país vecino. Según su descripción, la infraestructura y la lógica de trabajo en la base marcan una diferencia abismal: «Allá, todas las escuelas formativas de jugadores tienen 25 o 30 canchas empastadas, hay staff y cuerpos técnicos bien pagados dedicados únicamente a la formación de talentos», relató. Desde su perspectiva, esa inversión sostenida provocará que México no vuelva a competirle de tú a tú a Estados Unidos en producción de futbolistas.
Villanueva añadió un matiz clave: en Estados Unidos, el formador de talentos tiene prestigio, un lugar reconocido dentro de la estructura del futbol. Muchos entrenadores dejan incluso puestos en la MLS para trabajar en academias, seducidos no sólo por mejores salarios, sino por el valor que se le da a su rol. En México, en cambio, el entrenador de fuerzas básicas suele ver esa etapa como un simple trampolín para llegar a Primera División, no como una carrera de largo plazo.
Este contraste lleva a una reflexión más profunda: mientras algunas ligas han profesionalizado y jerarquizado la figura del formador -con métodos, seguimiento, métricas y estabilidad laboral-, en el futbol mexicano persiste la idea de que lo importante está sólo en la Primera División. Esa visión cortoplacista no sólo limita la aparición de nuevos jugadores, también frena la evolución de entrenadores jóvenes que podrían convertirse en alternativas para el Tri.
La propuesta de nombres como Gabriel Milito, que ha mostrado ideas modernas y una apuesta clara por la construcción desde la base, no es casual. Para parte de la opinión pública y de los analistas, apostar por un perfil así implicaría una verdadera revolución: un proyecto a mediano y largo plazo, con una filosofía clara de juego, un plan de trabajo unificado para selecciones menores y mayores, y una exigencia firme sobre la planeación de la Liga MX para nutrir a la Selección.
Sin embargo, el debate se traba justamente en ese punto: el tiempo. Con el Mundial 2026 tan cerca, muchos se preguntan si es viable -o responsable- un cambio radical en la dirección técnica. Quienes defienden la continuidad de Aguirre argumentan que su experiencia y conocimiento del entorno le permiten manejar mejor la presión de un torneo en casa, y que un nuevo proyecto podría no alcanzar a cuajar. Los críticos, en cambio, temen que insistir en lo conocido sólo retrase una renovación que es inevitable.
A esta discusión se suma otro problema estructural: la relación entre clubes y Selección. Si los equipos de la Liga MX priorizan negocios a corto plazo, fichajes inmediatos y resultados rápidos, y no se alinean con un modelo de formación compartido, cualquier entrenador de la Selección -sea Aguirre, Milito u otro- trabajará con materia prima dispareja, con estilos tácticos distintos y con poco tiempo de integración real.
Lo que exponen voces como las de Villanueva, Estay o Mendoza es que el problema de la Selección no se resuelve únicamente cambiando o sosteniendo a un técnico. La carencia de nuevas caras nacionales en los banquillos, la falta de entrenadores jóvenes con respaldo institucional y el retraso en la profesionalización de la formación, apuntan a que el modelo completo necesita una sacudida.
Si se busca de verdad una «revolución de última hora» en el Tri, esta tendría que ir mucho más allá de mover una pieza en el banquillo. Implicaría tomar decisiones incómodas: reestructurar fuerzas básicas, dignificar el trabajo de los formadores, abrir espacios reales a técnicos mexicanos emergentes, y al mismo tiempo, no cerrarse a la llegada de entrenadores extranjeros que aporten métodos modernos, pero bajo un proyecto integral y no como parches aislados.
La discusión que hoy se da en las mesas de análisis refleja, en el fondo, el miedo a llegar al Mundial 2026 con las mismas respuestas de siempre ante problemas que se arrastran desde hace décadas. Mientras unos claman por sostener la experiencia de Aguirre y otros fantasean con un giro hacia perfiles como el de Gabriel Milito, el verdadero reto está en transformar el ecosistema que rodea a la Selección Mexicana. De lo contrario, cualquier técnico que llegue terminará enfrentándose a las mismas carencias estructurales… y el debate, una vez más, se repetirá después del próximo fracaso mundialista.